Educación Pública: La escuela tipo hospital

Carmen Sánchez Sadek
Jueves, 05 de junio de 2003

Muchas veces pensamos sobre las escuelas como si fueran fábricas o industrias.

Los estudiantes son la materia prima que hay que transformar y cambiar hasta que se convierta en un producto deseable: ciudadanos educados, responsables, bien informados y motivados para cumplir con las obligaciones y preservar los derechos de todos los ciudadanos en la sociedad democrática en que vivimos.

Como en una fábrica o industria, la escuela agrupa a los estudiantes según su edad —en algunos casos en grupos homogéneos según ciertas características intelectuales. A todos los grupos con más o menos el mismo número de estudiantes, la escuela les enseña lo mismo de la misma manera en cada grado. Como si fueran productos defectuosos, los estudiantes que no pueden aprender repiten el grado, recibiendo la misma instrucción dos veces seguidas. Los que no se adaptan al sistema escolar, concebido como un proceso de línea de ensamblaje, se salen (o los sacan) de la escuela.

Esta manera “industrial” de concebir cómo deben funcionar las escuelas niega totalmente lo que hemos ya aprendido y sabemos muy bien hoy sobre el desarrollo y el aprendizaje de los niños, adolescentes, jóvenes, y de los seres humanos.

El mejor modelo para imaginarnos cómo debe funcionar correctamente una escuela es un hospital. Este tiene una misión fundamental: que todos los que reciben sus servicios obtengan un estado saludable de vida.

Con esta meta bien firme en mente, el hospital acepta a cada paciente, lo evalúa y diagnostica exactamente lo que el paciente necesita para que pueda tener una vida saludable —física, mental y socialmente. Cada paciente recibe un plan de mejoramiento único que puede incluir distintos tipos de intervención: cirugía, terapia, nutrición, ejercicios, entrenamiento vocacional, etc. Puede haber grupos de pacientes que necesitan ciertos tipos de intervención, y estos pacientes se agrupan para recibir el mismo tratamiento. Algunos de éstos pueden durar corto tiempo, otros requieren un largo plazo. Al final, dentro de ciertas limitaciones inevitables, todos los pacientes salen del hospital para vivir saludablemente.

Cuando una escuela funciona como un hospital todos los estudiantes logran la misma meta final: una vida exitosa, productiva, plena, responsable y satisfactoria.

Al entrar a la escuela, cada estudiante recibe una evaluación que determina lo que ya sabe —incluyendo su aporte lingüístico y cultural, sus intereses, inclinaciones, potencialidades y puntos débiles—y que diagnostica lo que tiene que aprender. Se prescribe entonces un plan de estudios para que cada estudiante pueda alcanzar el máximo de su potencial. Este plan puede ser similar al plan de otros estudiantes, de igual o distinta edad, de iguales o distintas características. Los estudiantes se agrupan y reagrupan según sus planes de estudios y su avance escolar. No hay que repetir grados. Hay muchas maneras de aprender en muchos grupos de estudiantes. Hay enorme enriquecimiento académico pues todos los estudiantes contribuyen al aprendizaje de los demás.

En una escuela donde las características únicas de cada estudiante se aprecian, se fomentan y sirven para enriquecer el proceso de aprendizaje de todos, hay muchas oportunidades para aprender dentro y fuera de la escuela, antes y después de las horas escolares, y durante todo el año, no sólo durante nueve meses. Hay también muchos tipos de maestros que proveen distintos tipos de asignaturas. La escuela se organiza para que prevalezca un ambiente de paz, seguridad, organización, y oportunidad. Estas escuelas aseguran el éxito de todos.

La igualdad de oportunidades educativas en estas escuelas no significa que cada estudiante recibe el mismo tipo de enseñanza que los demás, utilizando los mismos libros, estudiando la misma página del libro, el mismo día que todo el mundo, haciendo las mismas tareas, practicando los mismos ejercicios. En una escuela tipo hospital todos los estudiantes tienen igualdad de oportunidades educativas porque siempre se les provee el tipo de enseñanza, sea cual sea, que les ayuda a aprender, a desarrollarse máximamente y que resulta en un aprendizaje exitoso, una motivación de continuar aprendiendo sin parar por toda una vida, y un entusiasmo total por alcanzar su máximo potencial.

En una escuela de esta especie todos los estudiantes lograrán alcanzar la meta final: una vida exitosa, productiva, plena, responsable y satisfactoria.

Carmen Sánchez Sadek, Ph.D. es consultora pedagógica y profesora K-12 en el Foshay Learning
Center, LAUSD.

Nota de los Servicios de Cable

 

 


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