REFORMA EDUCATIVA Por el camino equivocado

Carmen Sánchez Sadek
Domingo, 19 de mayo de 2002

Tres niñas hispanas del primer grado me observaban mientras compartían sus secretos: me miraban con cuidado a la cara, hacían gestos referentes a mi cabello, me volvían a medir de pies a cabeza. Por fin, cuando me acerqué a ellas, no pudieron contener su pregunta:

"Yo tengo 8 años", dijo una de ellas.

"Yo tengo casi 7", comentó la otra añadiendo: "Los cumplo la semana que viene". Y la tercera completó el diálogo:

"Yo tengo 6. ¿Cuántos años tiene usted?".

Yo les contesté dulcemente, aunque les recordé que tales preguntas no se hacen a los adultos o en público: "Tengo muchos años. ¿Sabes contar hasta los 60?". Las tres lindas chiquillas empezaron a contar aunque no estoy segura si solamente decían los números de memoria o si en realidad entendían el concepto de "contar".

Esta breve conversación ilustra, sin embargo, uno de los problemas más peligrosos que ha causado la reforma educativa actual: en el mismo grado hay estudiantes de tres edades diferentes, de 6, 7 y 8 años. Las tres niñas cursan las mismas materias, aprenden lo mismo por los mismos métodos. Sus edades revelan que sólo una de las estudiantes no ha tenido la experiencia de repetir el grado: la de 6 años. La de 7 años ya ha sido retrasada un grado y la de 8 tiene que haber sido retrasada dos grados: probablemente repitió el kinder y ésta es la segunda vez que cursa el primer grado.

Hace muchos años, los expertos en educación se dieron cuenta de un fenómeno tan común que casi es imperceptible: no hay dos seres humanos que se desarrollen exactamente igual: las criaturas nacen pesando y midiendo distinto. Desde el momento en que nacen, continúan diferenciándose en cuanto al tamaño, el peso y las habilidades físicas e intelectuales. Unas criaturas se dan vueltas a los cuatro meses, otras a los seis y otras aún más tarde. Unas hablan temprano, otras más tarde. Unas gatean, o se sientan, o se paran o caminan tempranamente y a otras les toma más tiempo aprender. Unas reconocen a sus familiares y los pueden identificar a una edad bien tierna. Otras adquieren esta habilidad al cabo de un buen rato.

Los médicos y los expertos en el desarrollo físico y mental de los infantes, niños y adolescentes nunca se preocupan por tales diferencias a menos que sean extraordinariamente marcadas. Ninguno de estos expertos espera que un bebito sepa caminar exactamente a los "X" meses. En vez, los expertos tienen el entendimiento que entre tal y tal edad, por ejemplo, de 8 meses a 16 meses, las criaturas comienzan a hacer los movimientos necesarios para aprender a ponerse en pie y caminar. A ninguna criatura se le exige que hable precisamente a tal edad, o que salte a exactamente esta otra edad. Cada criatura es única, especial, dotada de todas las bendiciones con que nace para que se desarrolle a su paso único y especial.

El reconocimiento científico de las características únicas de cada ser humano les hizo comprender a los educadores que las escuelas debían tomar nota de estas diferencias. Las escuelas --hasta entonces organizadas en grados rígidos de acuerdo con la edad exacta de cada estudiante, a cuyos grados se avanzaba según el almanaque-- fueron reorganizadas según las capacidades de los estudiantes. En estas escuelas sin grados los estudiantes se agrupaban según lo que se necesitaba aprender. No importaba la edad.

Los maestros agrupaban y reagrupaban a los alumnos según lo que se iba a estudiar. Así, por ejemplo, un estudiante muy capacitado en matemáticas a una edad temprana, podía estar en el mismo grupo que un estudiante de una edad mayor, pero cuyo desarrollo en matemáticas había sido lento. Como los dos podían aprender lo que el maestro iba a enseñar ese día, los dos formaban parte del mismo grupo estudiantil para esa lección.

Esos dos mismos estudiantes aprendían lectura o ciencias, por ejemplo, en grupos diferentes, según la lección que el maestro dictara y según el avance en la materia de cada estudiante.

Es así como están hoy en día organizadas todas las escuelas primarias en el estado de Kentucky. Así lo ha mandado la legislatura de ese estado. Los resultados indican que este tipo de reforma educativa es muy beneficiosa para los estudiantes quienes se destacan en las pruebas que se hacen regularmente.

En Carolina del Norte, donde conocí a las tres pequeñitas mencionadas al principio (en una escuela primaria rural donde la gran mayoría de los estudiantes eran hispanos) el calendario todavía rige las vidas de los estudiantes. Pero ahora, con el sistema de pruebas de fin de curso, de retraso escolar recomendado para los estudiantes que fallen, y con el sistema de castigos o recompensas para los maestros cuyos estudiantes tienen o no tienen éxito en el grado, los que de verdad están pagando por estas reformas educativas son los inocentes estudiantes.

Los maestros no necesitan cambiar nada: sólo tienen que enseñar el grado que les corresponde. Los estudiantes tienen que aprender la materia del grado a tal o más cuál edad; si no, deben repetir todo el grado, todas las materias, enseñadas de nuevo por los mismos métodos.

Y así, con el transcurso de los años, los grados rígidos de esta "nueva" reforma educativa llegarán a incluir a estudiantes de varias edades, de muchas edades, a los cuales se les ha retrasado una y quizás otra, y posiblemente otra vez más. Los maestros no tienen que reformar ni sus lecciones, ni sus métodos, ni su sistema de enseñanza. Los alumnos son los que tienen que acomodarse y adaptarse a lo que se enseña en el grado, a los métodos de enseñanza y a la manera de enseñar del maestro. Y si no se acomodan y se adaptan, a repetir, y repetir, y repetir los grados. ¡Hasta que aprendan!

Estoy segura que los padres de muchos estudiantes acaban de recibir información de las escuelas indicando que sus estudiantes tendrán que repetir el grado. ¡Mucho cuidado! Todas las decisiones sobre la educación de su estudiante dependen de usted, el padre, la madre, o el familiar o guardián que legalmente se encarga del estudiante. Repetir el grado ¡no es obligatorio!, es sólo una recomendación que las escuelas hacen. Usted, padre o madre, son los que hacen la decisión final.

Mi recomendación es que usted pida que se cambie la configuración de la clase. En vez de ser una clase de un sólo grado, puede ser una clase que incluya estudiantes de dos grados, de modo que su hijo pueda reaprender sólo lo que necesita mientras continúa avanzando al nivel del siguiente grado en las otras materias que no necesita reaprender.

Pida usted que se promueva a su hijo al siguiente grado, pero que se modifiquen los métodos de enseñanza que se hayan utilizado en el pasado, ya que no son efectivos para él o ella. Pida que se reorganice toda la escuela, de modo que los niños, y aquellos otros que se encuentran en la misma situación, sean agrupados de diferentes maneras, según las necesidades de su manera única de aprender. Su hijo tiene áreas fuertes y áreas débiles, materias que aprende bien y materias que tiene dificultad en aprender. Pida que se le dé a su estudiante más enseñanza de las materias débiles, pero que contiúe avanzando en sus estudios en las materias que le resulten fáciles de aprender.

Nunca olvide que hay consecuencias muy negativas para un estudiante al repetir un grado: sufre su autoestima y su imagen propia se vuelve negativa; se aumenta la posibilidad de que termine en la cárcel; se pierde el interés en aprender y aumenta la posibilidad de que se salga de la escuela antes de graduarse. Pida y exija que cambie la escuela y los métodos de enseñanza. Esa es la labor de la escuela: enseñar a cada estudiante, a cada único ser humano de edad escolar.

Carmen Sánchez Sadek, Ph.D., es consultora pedagógica y evaluadora de programas. Actualmente trabaja en el Foshay Learning Center, LAUSD.

 


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