SOCIEDAD: Palabras que hieren

Carmen Sánchez Sadek
15 de octubre de 2005

Hace unas semanas Bill Bennett, Secretario de Educación durante la presidencia de Ronald Reagan, hizo un comentario que causó enorme controversia. Sus palabras, sin embargo, me hirieron de una manera muy personal.

Mi historia empieza en 1963, cuando di a luz a mi primera hija, Dina. Mi esposo y yo éramos estudiantes en la Universidad de  Florida, ubicada en Gainesville. La universidad contaba entonces con el único hospital de investigaciones médicas, un enorme  edificio hacia las afueras del recinto universitario. Como estudiante, tenía yo derecho a recibir la mejor ayuda médica que se ofrecía en todo el estado, casi sin costo ninguno. Me atendía el mejor profesor de ginecología ayudado por los futuros ginecólogos que completaban su especialización. Mi hija nació después de día y medio de labor de parto, tras una cesárea realizada por el mejor cirujano del hospital.

Hace más de 40 años una cesárea era una operación que requería una recuperación de una semana de estancia en el hospital. Todos los servicios que me fueron proveídos me costaron un total de $5.00, (¡Correcto, CINCO dólares!) incluso traer en  avión al único voluntario que donó su sangre en caso de que yo la necesitara. Mi sangre, AB negativa, es bastante rara. Todo el proceso se repitió en 1964 cuando di a luz a mi hijo Omar. Costo total, $5.00, de nuevo.

Claro, en 1963 y 1964, Florida y los estados del sur del país se encontraban en medio de la lucha para erradicar la segregación racial. Como latina, el hospital no sabía exactamente dónde pertenecía yo, si en el tercer piso, reservado para las madres y bebés blancos, o en el segundo piso, donde las madres y los bebés negros eran atendidos. Aunque, como cubana, yo no acostumbraba a percibir las distinciones raciales como se percibían en aquel entonces en los estados sureños, me sentí muy incómoda teniendo que residir en medio de este conflicto tan desagradable. Pero todo salió a pedir de boca: la segunda cesárea resultó ser más exitosa que la primera y pude regresar a casa un día antes de los ocho recomendados.

De todo esto que recuerdo, algo sí se me grabó en la mente: ya casi al punto de salir del hospital después del nacimiento de mi hijo, un joven doctor americano me vino a ver. Hablaba español perfectamente, era rubio y muy bien educado. Estuvo  hablando conmigo por más de dos horas sobre el enorme peligro de tener otra criatura después de dos cesáreas en 13 meses, la diferencia de edad entre mis dos, y únicos, hijos. No recuerdo su nombre, pero lo veo en mi mente como si lo tuviera presente. Yo seguí su consejo al pie de la letra.

Pero al cabo de unos años, después de siempre usar protección para evitar otro embarazo, mi esposo y yo deseamos tener otro heredero o heredera. Y por más que tratamos, nunca pudimos. Se pidieron al hospital de la Universidad de la Florida los  récords de mis cirugías: sólo se me había quitado el apéndice durante una de las cesáreas. Todo lo demás había sido totalmente normal. Ahí casi terminó la cosa, mi esposo y yo resignados a no tener más familia. Excepto que un día, mirando las noticias nacionales en la televisión, escuché algo que me dejó totalmente fría: durante los años de las décadas 50 y 60, los doctores de la Universidad de Florida, en Gainesville, sin permiso de las madres, sobretodo sin permiso ni conocimiento de las madres negras, es ataron las trompas de Falopio a miles de inocentes mujeres durante las cesáreas que les hicieron. Este escándalo se acababa de descubrir. Todas esas madres, sin su conocimiento, habían sido esterilizadas y nunca jamás tendrían más hijos. ¿Fui yo una de esas madres? Nunca recuerdo haber sido notificada de que me habían quitado el apéndice. ¿Qué más me habrán hecho sin mi conocimiento o permiso?

¿Cómo se puede justificar la conducta de tales médicos? Muy fácilmente. Muchos hombres de gran mérito y educación, ciudadanos de enorme prestigio y gran religiosidad cristiana, entre los años 1920-1960, aprobaban y participaban activamente  en muchas organizaciones pero, sobretodo, en juntas gubernamentales cuya única función era determinar cuáles mujeres (y hombres también) debían ser esterilizadas, aún sin su consentimiento, ya que tales personas exhibían rasgos que la sociedad consideraba indeseables. Tales juntas gubernamentales, al nivel del condado, se llamaban "Eugenic Boards." Estas Juntas pretendían "mejorar" la raza americana aplicando incorrectamente las teorías genéticas que empezaba a florecer. En California, el tercer estado en aprobar juntas de esterilización involuntarias, y en todos los otros estados que legislaron tales juntas, miles de mujeres fueron esterilizadas sin su consentimiento.

Cuando el ex Secretario Bill Bennett dijo recientemente: (mi traducción) "Se pudiera abortar a cada bebito negro en este país,  resultando en una reducción en la incidencia de los crímenes. Sería algo imposible, ridículo, y moralmente repulsivo, pero resultaría en una reducción en la incidencia de los crímenes," sus palabras me hirieron muy profundamente pues es probableque un profesor de ginecología de la Universidad de la Florida pensara, hace más de 40 años, como piensa y se expresa hoy el señor Bennett y les hiciera muchísimo daño a miles de madres, quizás incluyéndome a mí.

Carmen Sánchez Sadek es consultora de educación radicada en Los Angeles.

 


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